Palabra Pública - N°11 2018 - Universidad de Chile

“Resulta inevitable establecer un contrapunto con la historia del país ; en específico con la censura durante y después de la dictadura, con el modo de operar del campo literario que segrega cualquier voz disidente”. “Pensar que nuestro modo de morir de- pende de las palabras que usemos” (ibíd.) señala la poeta, apuntando a la sanción que tiene la palabra divergente. Morir es dejar de decir, acción que no surge por iniciativa personal, sino de un otro que castiga al sujeto por el sentido de su pala- bra. Por lo mismo, la palabra establece una relación demiúrgica con el sujeto emisor, le otorga vida, visibilidad, pero también posibilidad de expresar un discurso de dos signos. El discurso adecuado al contexto, al receptor, legitimado para reiterarse, pero también el discurso que transgrede y que será castigado mediante la muerte de la emisora. Ante la represión, la escritura; pero no cualquier escritura, sino aquella desafiante y resistente a la muerte social. El poemario establece, de tal manera, una ruta donde decir, escribir y “leer y tomar posición” (21), conformando una unidad de sentido sustentada en el riesgo de la desaparición que permite salir del sí misma y aproximarse al otro/a violen- tado/a: “Pensar que hay tantas muertes como escrituras. Pensar el relacionarse con el otro cuando ha muerto. Pensar en la prioridad de las palabras” (25). La remembranza en torno a la cifra de desa- parecidos por la palabra sería equiparable a la cantidad de escrituras. Cada sujeto desaparecido implica una escritura que ha seguido la misma ruta. Sin embargo, cuando se piensa en la posibilidad de “re- lacionarse con el otro cuando ha muerto” surge nuevamente la resistencia. El desa- parecido/muerto al inscribir su decir en la escritura, interrumpe la desaparición, permitiendo con ello la recuperación de su palabra. En esta suerte de progresión que la autora propone en torno a la fi- gura decir-palabra-sonoridad, escritura y aparición versus desaparición, surge la afirmación del deseo, la potencia de re- sistir a través de un accionar: “Socavar el enmudecimiento del mundo en su tota- lidad. Socavar la represión que ejecuta el nombre propio. Socavar el impoder (sic) y el desastre del pensamiento. Socavar realidades que acaban haciendo el amor” (25). La anáfora cobra una importancia radical. Y no sólo a nivel rítmico sino en cuanto a insistir en la acción de resisten- cia. Debilitar la represión que particu- lariza al sujeto y su malestar implica la inserción del colectivo, como un forma de constatar/romper el individualismo y aproximarse a la desaparición como mal social. El socavamiento, reiterado como un mantra, contra todo lo que aprisiona a la sujeto y la reafirmación de aquello que no está dispuesta a ceder, es sin duda la fuerza más intensa de este poemario, constituyendo precisamente la posibili- dad de construcción del lugar del habla, del decir. Y ese lugar no es abstracto, sin historia, sin territorio. Resulta inevitable estable- cer un contrapunto con la historia del país; en específico, con la censura duran- te y después de la dictadura, con el modo de operar del campo literario que segre- ga cualquier voz disidente. La voz lírica opta por asumir el riesgo de la palabra, recusando a través de la escritura la im- posición de toda ley mordaza. Una vez reconocido el gesto autoral, desde donde la poeta habla, se define el poema: “Acaso es el poema: una raudal de palabras que se tropiezan, conforman una figura por un instante y luego retornan al caos que las hizo aparecer” (23). El adverbio que abre el enunciado le otorga un necesa- rio matiz anti definición. Rechazo a la afir- mación, más posibilidad que fin de ruta, donde las palabras animadas “se tropie- zan” conformando un territorio de sentido mínimo, transitorio, para luego desarmar el territorio, la forma, el sentido, retornan- do al caos, al tropiezo. Esto implica la tran- sitoriedad del sentido lector, inserto en un género o estado de poesía, donde atrapar el sentido no sea más que un aparecer some- tido al imperio del sinsentido, al igual que el decir, subyugado por la desaparición, pero al mismo tiempo, firme por imponer su derecho a decirlo todo. P.34 P.P. / Nº11 2018

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