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Es verdad que existe en toda sociedad organizada, un núcleo de
poseedores de la fortuna y muchas veces de las tradiciones históricas,
que constituyen la aristocracia. mas , ésta como su voz lo indica , es
sólo producto de la selección y sujeta a la implacable ley de la evolución .
•Tiene tres edades, dice Chateaubriand, la de la superioridad, la de
los privilegios y la de las vanidades; sale de la primera para degenerar
en la segunda y extinguirse en la última. »
La vanidad de aquel mendigo del Escorial, que al sentir el bulli–
cio de los cortesanos y .el sonar de las armas, murmuraba : «Soy más
hidalgo que el Rey, y aun un poco más", parece aún permanecer entre
nosotros. Hijos de esa vieja España. hemos tenido que
surrir
toda su
herencia.
Los conquistadores de este pars fueron sencillos, crédulos y teme–
rosos de los designios divinos, osados y atrevidos en la guerra, enemigos
y pendencieros en la paz, hombres inquietos de gran dinamismo.
Ten(an todo el carácter del noble español, oculto en sus andra–
jos de aventureros. Una
vez
ricos, hicieron una vida opulenta, vestían
trajes de seda y cargaban armaduras de plata y entorchados de Oro.
Convertidos en señores, practicaron todos Jos privilegios
y
caprichos
de los españoles de la Edad Media.
La .Corte los halagó, los hizo a todos nobles , por ser conquista–
dores, justo título,
y
a tos más poderosos los hizo titulados.
El
deseo
de ser llamado por un nombre honorífico no hizo trepidar a muchos en
dar a conocer pequeñeces de la vida de sus labriegos padres. Francisco
de
Villagra señaló a su madre
COmo
una cortesana, para seguir sus as–
cendientes. Pedro Cortés dijo que su padre era pechero y Diego de
Almagro escondió su origen de cuidador de chanchos, en secretos de
alcoba.
Cuántas miserias se habrían ahorrado de relatar,
si
hubieran
sabido que su nobleza era única, que su título
era
su valor
y
sus
hazañas,
y que el libro de oro de su sangre iba a ser
La
Araucana.
Esta arjstocracia de lanceros Y arcabuceros, bruñida en las gue-